Con la cabeza rapada, sin la barba que lo caracterizó en sus años mozos y unas ‘libritas’ por encima de su peso de corredor, a primera vista Jorge
González no se parece al famoso ‘Peco’ que tantas portadas de diarios adornó en
la década del ochenta, cuando era considerado uno de los mejores fondistas del
hemisferio americano.
Pero detrás de esa metamorfosis física todavía brilla la determinación, entrega y disciplina que fueron
su sello de distinción en las más arduas competencias de pista y campo en el mundo. Y desde más cerca, las pecas lo
delatan.
Nacido en el barrio Don Alonso del montañoso pueblo de Utuado el 20 de diciembre de 1952, González se acercó por primera vez al fondismo con la curiosidad de un joven atleta, sin conocer que su peculiar zancada lo llevaría
lejos, literal y figurativamente.
En su juventud entrenaba de manera arcaica, corriendo por las angostas y
serpentinosas carreteras de su pueblo, en ocasiones acompañado por amigos,
muchas veces solo. La única dirección técnica que recibía venía de su profesor
de educación física, Ernesto Grau.
“Yo empecé en el 1968 cuando estaba en escuela superior, te diría que como a los 14 ó 15 años, más o menos”, recuerda en su despacho en el recinto de la UPR en Utuado, donde labora en la actualidad. “Yo pienso que Dios le pone en el
camino ciertas cosas a uno y Él me puso ese deporte”.
La para él inexplicable atracción que sentía por el fondismo lo llevó a tratar por primera vez la clásica distancia del maratón -42 kilómetros- en 1980, inscribiéndose para participar en el de La Guadalupe, en Ponce. Y para sorpresa
de muchos, incluida la alta esfera del Comité de Fondismo, el espigado fondista
debutó ganando el evento.
Con ése triunfo, comenzó en Puerto Rico la era de ‘Peco’ González. El Comité
de Fondismo se interesó en él y entrenador Freddie García comenzó su larga
colaboración con ‘El Pitirre de Utuado’, la que duró por el resto de la carrera
de González. La victoria en La Guadalupe fue solo el comienzo. Cuatro meses más
tarde, ‘Peco’ salió de Puerto Rico por primera vez en su vida, con destino a la
capital de Massachusetts. Allí formó parte del cuarteto de boricuas que
participó en el reconocido Maratón de Boston.
“Imagínate, un jíbaro de Utuado metido allí”, dice González. Allí también
tuvo su primer enfrentamiento con atletas internacionales de clase mundial.
Y no lució mal. Fue el primer puertorriqueño del grupo en arribar a la meta,
y mejoró por cuatro minutos su tiempo en La Guadalupe. Cronometró 2:20:38.
Fue en ese verano que el nombre ‘Peco’ González comenzó a resonar en los
medios. ‘El Águila de la Montaña’, como lo apodaron sus compueblanos, viajo a la
República Dominicana para participar en el Zonal celebrándose en Santo Domingo.
Conquistó la medalla de plata. Su estrella continuaba en ascenso.
‘Peco’ no suele hacer alarde de sus logros y luce algo incómodo cuando le
recuerdan que es el mejor fondista en la historia de Puerto Rico. “Eso lo dicen
otros, no yo”, comenta al respecto, con una sonrisa nerviosa. Pero admite que,
tras sus victorias en Venezuela y otra en Juncos, “empezó, yo diría, como una
euforia en la gente”.
Al dar su salto al panorama atlético internacional ya Puerto Rico no era
sólo la tierra de buenos boxeadores, peloteros y baloncelistas. Mientras
acumulaba triunfos en la Isla y el exterior, su apodo se comenzaba a escuchar
entre los de Wilfredo Gómez ‘Bazooka’, José Cruz ‘Cheo’ y Mario Morales
‘Quijote’ como una de las luminarias deportivas locales.
Uno de sus mayores logros, y uno de los más grandes de todos los tiempos en
el fondismo puertorriqueño, lo consiguió en 1982 en los Juegos Centroamericanos
y del Caribe, en La Habana, Cuba. Dominó la ardua contienda de 42 kilómetros,
convirtiéndose en el segundo puertorriqueño en obtener oro en el maratón
centroamericano.
“Me acuerdo que ese evento lo transmitieron en vivo por el Canal 2”, comenta, aún luciendo algo sorprendido por la cobertura que los medios le dieron a su hazaña. “Y cuando llegué al aeropuerto también”.
En 1983 estableció una marca nacional y un récord panamericano, durante los
Juegos Panamericanos en Caracas, ganando en 2:12.43, tiempo, el mejor de ‘Peco’
en el maratón, que no ha sido superado en ese nivel.
Aunque es obvio que no le gustaba perder, quien lo escucha hablando hoy día
piensa que la derrota tampoco le quitaba el sueño. Corría por amor al deporte,
por pasión, por disciplina y hasta por fe, no sólo por sed de triunfo.
“Yo creo que esa fue una de mis mayores virtudes como atleta: la
disciplina”, dice. “El levantarme e ir a correr era tan sagrado para mí como
comer todos los días. Yo a veces pienso que si hubiera tenido un poquito más de
habilidad, como otros corredores, hubiera hecho marcas mucho mejores. Pero
carecía verdaderamente (de habilidad natural). Mi manera de correr no era la
mejor ni tenía la velocidad. Lo más que me ayudó fue la disciplina”.
Con esa disciplina y dedicación religiosa continuó cosechando triunfos. La presentación de la cual más orgullosos se siente fue el maratón de los Juegos Olímpicos de 1984 en Los Ángeles. Allí ‘Peco’ arribó en la décimo tercera
posición entre 107 participantes, con tiempo de 2:14.00. Fue el segundo fondista
del continente americano, apenas siete segundos detrás del estadounidense Pete
Pfitzinger.
“En aquella época brillaban los mejores del mundo. Creo que fue la
competencia más fuerte de mi carrera”, dice sobre el maratón olímpico de 1984.
“Fueron los mejores corredores de cada país. Mucha gente que conoce de la
materia cree que esa fue la olimpiada donde más atletas de alto rendimiento han
participado en ese evento”.
En el 1986 la mala suerte tocó a su puerta y, tras ganar el clasificatorio
de Montreal, González sufrió una seria lesión en la columna vertebral cuando
lideraba el maratón de los Centroamericanos en Santiago de Cuba, faltando apenas
dos kilómetros. Fue una lastimadura seria, pero la dedicación y disciplina del
‘Pitirre’, como también se le conocía, afloró nuevamente. En el 1990 repitió el
oro en los Centroamericanos, celebrados en Ciudad México.
Sin embargo, ‘Peco’ estaba dando sus últimas zancadas en el fondismo
competitivo internacional y lo sabía. “Uno podría sentirse un poco mal, pero
pienso que en todo tiene que llegar el momento que uno debe darle el espacio a
otro”.
Su última competencia internacional lo fue el maratón de las olimpiadas de 1992, en Barcelona. No pudo terminar el evento y al día de hoy se siente con la necesidad de dar explicaciones cuando habla de esa carrera. “Yo siempre he sido
de poco dormir y cuando fui a Barcelona a las 11:00 p.m. ya estaba ‘acostao’.
Pero daban las tres y cuatro de la mañana y estaba igual, sin dormir”, recuerda
sobre la batalla con el insomnio que sufrió durante esas olimpiadas. “Cuando
venía a darme sueño, estaba de día ya. Fueron tres semanas así y me
afectó”.
Con ese trago amargo finalizó la era de ‘Peco’ en el fondismo internacional,
una década en la que el deporte vivió su periodo de mayor popularidad en la
Isla, sin duda gracias en gran parte a los logros de ‘El Águila de la Montaña’.
Su retiro como fondista no lo alejó completamente del deporte. Actualmente
es director técnico de la selección nacional juvenil y está organizando el ‘club
de la montaña’ con varios corredores de Utuado, pueblo donde todavía reside. “Eso es un deber que tengo, el ayudar. Yo le debo mucho a este deporte. No quiero que se caiga”, dijo.
“Me parece que se ha perdido el entusiasmo de representar al país”, dice
sobre la escasez de fondistas actualmente en Puerto Rico. “Para mí, siempre lo
he dicho, eso era lo primordial. El país iba por encima de cualquier cantidad de
dinero”.
A ‘Peco’ nunca le ha gustado llamar la atención. Luego de sus logros siempre
regresó a Utuado; no le atraían las tentaciones de la ciudad. Tiene cuatro hijos
adultos y actualmente vive con su segunda esposa, Angelita Maldonado.
Laboraba en el departamento atlético de la UPR-Utuado, pero se cambió de
departamento hace un tiempo porque, como él dice, “hay que buscar nuevos
horizontes”.
Y es que ‘El Águila de la Montaña’ es vivo ejemplo de que en la vida, como
en el maratón, muchas veces no hay camino. Se hace camino al
correr.